Ayer, después de mandarle el mensaje a Pablo, apagué el móvil y puse su dirección de mail en Spam. Siempre he pensado que, cuando acabas algo, lo mejor es acabarlo del todo.

Pero a él, el que yo quisiera borrarlo de mi vida no le importaba en absoluto. Supongo que necesitaría dar paz a su espíritu diciéndome que me dejaba a la cara, así que a la hora de comer se plantó en mi oficina, con la cara cenicienta y las manos en los bolsillos.

Cuando se dio cuenta de que lo vi, hizo un gesto con la cabeza como diciéndome que saliera. Por un momento estuve tentada de mandarle a la mierda con un sutil pero contundente gesto con el dedo corazón, pero en vez de eso me acerqué a la mesa de la jefa, le dije que iba a fumarme un cigarro y salí en su encuentro.

La verdad es que fue incómodo, puesto que hacía cuatro días estábamos el uno en los brazos del otro tan felices, y ahora por lo menos había un metro y medio entre ambos. Hizo un pequeño amago de darme un beso, o dos, pero enseguida vio cómo se me envaró el cuerpo y creo que lo dejó correr.

Me encendí el cigarro con parsimonia, y rompí el silencio diciéndole que tenía poco tiempo, y que creía que no hacía falta decir nada más. Entonces me dijo que no, que teníamos que hablar, que había cometido un error y que quería explicármelo. Me dijo algo así como: “Necesito hablar contigo, necesito que me entiendas… Al menos eso” Apagué el cigarro y le dije que de acuerdo, pero que ahora no podía hablar, y que mañana por la tarde (o sea, hoy) que se pasara por el bar mono (un bar cercano a mi casa, de cuyo nombre nunca me acuerdo pero lo llamo así) media hora después de que saliera de trabajar. Me di la vuelta y me fui.

No sé qué espera. Supongo que necesita descargar su conciencia, decirme que nunca debió de dejar a Irene, que ese había sido su gran error… Qué sé yo. Podría haberle dicho que quedábamos ayer… pero no tenía ganas (ni fuerzas). Hoy en cambio voy más preparada…

Deseadme suerte.