Ayer Pablo y yo cenamos en casa a la espera de ver el último capítulo de la temporada de House entre palomitas (para él) y colas light (para mí). Sobre las diez sonó el teléfono, y Pablo pudo comprobar lo nerviosa que me puse cuando vi quién me llamaba: mi madre.
Contempló en silencio toda la conversación, que no duró más de dos minutos, en la que quedé para ir a cenar con la familia el jueves. Al colgar, Pablo, con mucho tacto, me dijo algo así como:
- Sabía que te llevabas mal con tu madre, pero no me podía imaginar que hasta te pusieras roja de la tensión. ¿Por qué?
Y nada, ahí le tuve que explicar el día del cataclismo entre mi madre y yo.
Nunca hemos tenido una relación muy estrecha. Desde siempre yo he sido la niña de los ojos de mi padre mientras que mi hermana, unos años menor, lo ha sido de mi madre. La razón es clara: en cuanto a carácter, yo soy un calco de él mientras que mi hermana es como mi madre. De hecho, no hace falta ni que hablen puesto que siempre piensan lo mismo, y con una mirada ya se entienden. No creáis, es algo totalmente envidiable… pero no con mi madre.
Mi madre siempre ha sido una persona muy caprichosa. Ha venido de una familia con mucho dinero que, incluso cuando no lo tenían, le concedían los caprichos más inverosímiles, como dejar de ir al colegio durante un año porque quería irse a vivir con sus tíos, que en esos momentos tenían una casa en Ibiza. Mis abuelos, sin darse cuenta, crearon un monstruo: Una niña mimada y consentida que no entendía el valor de nada y que todo lo quería ya, y cuando lo conseguía, pensaba que era su derecho y la obligación de los demás que eso fuera así.
Mi padre acabó de “arreglar” la situación consintiéndola aun más de lo que ya estaba. Tengo que decir que yo todo esto no lo vi hasta hace muy poco tiempo. Realmente, hasta que pasó todo aquello con Rodri.
Cuando salí del baño hecha polvo después de pillar a Rodri hablando con Alejandra de una manera poco decorosa para un novio, mi madre hizo uno de esos numeritos a los que tan acostumbrada me tenía pero que yo aceptaba gustosamente: Como ella era perfecta, yo debía ser perfecta, y cuando yo no lo era, ella se abochornaba. Una vez soplé las velas y recibí miles de besos de felicitación, dije a la concurrencia que me había entrado un tremendo sofocón y que debía ir al baño a refrescarme un poco (soy propensa a los sofocones y a caerme al suelo del calor). Mi padre se dio cuenta de que algo pasaba y se fue detrás de mí. Le expliqué lo que había presenciado y, en silencio, me dio todo el cariño que un padre me puede dar. Reconozco que en ese momento me sentí más unida a él que a nadie. Intentó hacerme reír, ver el lado positivo de lo que había pasado y me dijo que tenía que ponerme firme porque nadie, absolutamente nadie, se merecía una lágrima mía. Quería ir él mismo a hablar con Rodri, pero en ese justo momento mi madre entró al baño.
Entró hecha una furia porque todos los invitados estaban preguntando preocupados por mí y la fiesta se estaba arruinando. Entonces, un poquito más animada gracias a la mano de mi padre apretando la mía, le conté lo que había pasado. Después de eso me di cuenta, de golpe, de todos los defectos de mi madre. Sus palabras (más o menos, que ha pasado ya mucho tiempo) fueron las siguientes:
“Claudia, por favor, deja ya esas tonterías. No me puedo creer que seas tan egoísta como para ponerte así cuando tu padre y yo te hemos organizado esta fiesta - Entonces empezó a marcharse y cuando estaba a punto de cerrar la puerta dejándonos a mi padre y a mi con la boca abierta, se giró, me guiñó un ojo y con una sonrisa en la boca me dijo-. Y antes de salir recomponte el maquillaje.”
Lo curioso es que Pablo ahora quiere conocer a mi madre, porque no se lo cree. Así que este jueves lo he invitado a cenar.

2 comments
Comments feed for this article
Junio 5, 2008 a 10:10 pm
Jesús Rocha
Buenoooooooooooooooooooooo, pues mucha suerte, en estos instantes estaréis cenando, así que pronto nos contará las historias, jejeje. Un abrazo.
Junio 6, 2008 a 10:09 pm
Claudia
Parece que tu suerte funcionó…