El sábado, mientras yo me cambiaba e informaba de mi cita a través de un pequeño mensaje, él buscó con su palm algún restaurante cercano a mi casa que tuviera buenas críticas. Mi piso no está en el centro, pero sí lo suficientemente cerca como para encontrar bastante variedad. Eligió uno de cocina creativa que nada más entrar se me pusieron los pelos de punta, porque ya me tocaba pagar a mí y no estaba segura de que, con el día de fiesta, hubiera llegado ya la mensualidad.

La cena estuvo muy bien. Él pidió un risoto y de segunda una carne crudísima con Foie, y yo me pedí un único plato de pollo con un wok de verduras. Se rió cuando vio lo light que iba a cenar y me pegó un pequeño sermoncillo sobre la necesidad de comer y lo poco que había comido durante todo el día, y por no decirle que de los nervios había tenido el estómago más cerrado que un puño, le dije:

- Bueno, qué te piensas, ¿que este cuerpo está así a base de chocolate?

A lo que me puse roja, rojísima y con ganas de haberme metido la lengua por donde no me cabe. Menos mal que él se echó a reír y finalmente contestó:

- Tienes razón, está muy claro que te cuidas. Pero deberías comer un poco más.

Y ya empezamos a hablar de comida, porque descubrimos que ambos hemos nacido para disfrutar en la mesa, y fuera de ella.

A medida que nos acercábamos a los postres la conversación iba poniéndose más seria y acabamos hablando de nuestras ex parejas. Él dejó en Andalucía a su novia de los últimos tres años, Irene. Era una relación que él considera infantil, sobretodo por parte de ella. A él le hubiera encantado poder dar un paso más allá, pero en contra de todos los tópicos, quien tenía mieda al compromiso era ella y no él (Claudia 1 – Irene 0). Yo le conté sobre Rodri y lo que había pasado… Y nos echamos a reír. Desde luego, visto a través de sus ojos lo que pasó en aquella fiesta toma unos tintes humorísticos que nunca me hubiera podido imaginar.

Una vez acabada y pagada la cena (otra vez por él) le dije que entonces le debía otra cena (otra excusa para quedar) y que elegiría yo el restaurante, a lo que dijo que estaría encantado. Me acompañó andando a casa y cuando llegamos al portal, me dio un abrazo de oso, un beso en la mejilla (¿?) y me dio las gracias por el día más estupendo que había tenido desde hacía mucho tiempo. Luego la vergüenza: me quedé en la puerta, mirándole, como esperando que hiciera algo más -o sea, que se acercara, me tomara de la cara y me plantara un estupendo beso- mientras él me miraba con una ceja medio levantada. Y entonces dijo:

- Bueno, creo que es hora de que me vaya a casa… Espero que podamos repetir esto pronto.

- Claro -le dije, mientras ponía cara de: bésame joder, bésame-, cuando tú quieras.

- Perfecto entonces. Buenas noches Claudia.

- Buenas noches Pablo.

Y ya está. Así acabó. Me fui a la cama acompañada de un helado de chocolate (JA! Este cuerpo sí que se mantiene a base de chocolate… De vez en cuando, claro) para enfriar el calentón que tenía encima y a dormir, que al día siguiente tenía comida familiar.

Anoche, mientras me llevaba la cena delante de la tele para ver CSI, recibí una llamada:

- ¿Te apetece devolverme la cena este miércoles?