Al final Pablo me llamó el viernes por la tarde, casi a las ocho. Se disculpó por llamarme tan tarde. No llamó antes porque había tenido muchísimo trabajo, y no puedo hacerlo hasta que no salió de la oficina.

Para mi sorpresa me ofreció ir a cenar esa misma noche, pero como estaba en mi casa con las mascarillas del pelo y de la cara puesta, en pijama y mirando mi armario para ver qué me pondría (porque aunque no me había llamado, yo no perdía la esperanza y me estaba preparando por si acaso), le dije que estaba muy cansada y que si no le importa prefería quedar al día siguiente pronto.

Quedamos a las diez y media para ir a desayunar. Me levanté a las nueve menos cuarto para prepararme, porque soy muy presumida y al menos una hora la necesito. Después, con los nervios a flor de piel, cogí el autobús y me planté en el centro, donde habíamos quedado.

Él estaba guapísimo, con unos tejanos anchos -pero no de rapero-, unas converse y una camisa blanca de manga corta de algodón. Del hombro le colgaba una cámara profesional, que más tarde me explicó que formaba parte de su gran pasión: la fotografía.

Primero fuimos a desayunar. Lo llevé a una típica panadería que hay por el centro donde él se puso hasta arriba. Yo me tomé un café con leche y un paquete de tabaco. Ahí, mientras él comía, le explicaba cual iba a ser la ruta: El centro, la catedral, mi barrio favorito, el puerto… Eso así, de paseo por la mañana. Comeríamos por ahí y por la tarde ya lo decidiríamos si él seguía con ganas de descubrir la ciudad.

El paseo fue muy agradable. Como siempre la ciudad estaba llena de guiris y eso hacía que, aunque las calles no son demasiado estrechas, andáramos bastante cerca el uno del otro, pero sin cogernos, por supuesto. Eso sería demasiado. Eso sí, me hizo bastantes fotos. En un principio se dedicaba solo a fotos de los edificios, pero en un momento que me quedé observando la fuente que hay dentro del patio de la catedral, le sorprendí haciéndome una a mí. Farfulló algo de la luz sobre el pelo, etc. Bueno, yo estaba encantada, por supuesto.

Pronto llegó la hora de comer y nos compramos unas pitas para seguir paseando. El sol apretada pero era tan agradable que seguimos andando y andando… Y hablando, sin parar. Pablo tiene 26 años y trabaja en una agencia de publicidad. Se vino aquí a vivir porque en su ciudad no hay salida de lo suyo, y aunque le encanta Madrid y tiene buenos amigos ahí, quería vivir eso de probar en una ciudad nueva. Dice que cree que tiene un poco de espíritu aventurero y por eso quería algo un poco más difícil. Me habló de su familia: tiene una hermana menor que le adora y a la que echa mucho de menos, y dos padres adorables, que pronto subirán a ver “en qué cuchitril” -según ellos- está viviendo su hijo. También hablamos de viajes. Le comenté que este año había decidido irme unos días sola a Cerdeña, que ya tenía los billetes y todo. Me dijo que creía que yo era muy valiente por querer ir sola, pero entonces ese aura de valentía se diluyó cuando le conté que ahí tenía familia, y no puedo evitar echarse a reír. Tiene una sonrisa preciosa, unos dientes súper bien puestos y blancos. Y una risa contagiosa y elegante. Es tan importante una buena risa… 

No nos dimos cuenta y entre charla y charla se iba haciendo cada vez más tarde. Me miró y me dijo:

- Claudia, no sé si ya habrás quedado ya, pero ¿Te gustaría ir a cenar?

En ese momento se me pasaron por la mente todos los libros de mujeres que he leído en los que dicen que no debes estar tan sumamente dispuesta, que siempre debes decir primero que no, o mirar tu agenda…

- Por supuesto que sí.

No sé si notó mi ansia de seguir hablando con él, pero una sonrisa le cruzó la cara. Me ofreció a acompañarme a mi casa para que me cambiara porque llevaba un rato con la piel de gallina. Y entonces dejé ese mensaje…

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