El sábado por la mañana Mariona y yo decidimos ir de compras. En realidad era ella la que quería comprarse algo y me pidió mi ayuda. ¿debería cobrarle? ;)

Cogimos su flamante coche, que no tiene mucho más de un mes, y nos fuimos por el centro. Aparcamos en un párking cerca de la catedral y ahí nos pusimos a andar sin parar por las callejuelas de mi barrio favorito. Es lo que tiene que la niña tenga una cuenta tan abultada como el paquete de Rocco Siffredi.

Después de tres horas comprando sin parar cogimos de nuevo el coche porque como recompensa a mi sabio consejo me invitaba a comer. La sorpresa fue cuando, mientras esperábamos al primer plato, vi entrar a mi clienta favorita con la familia.  La sorpresa que se llevó fue mayúscula, me dio un inmenso abrazo y finalmente me pidió que cuando llegáramos al café nos sentáramos con ellos.

Cuando llegó el café, Mariona se tomó su postre y se largó para dejarme a mí sola ante el peligro. El peligro era mi querida clienta, su marido, una pareja de amigos y los hijos de éstos, una niña de doce años, otra de unos 20 o así y el único hombre, que debía de ser un poco más mayor que yo.

Estuvieron preguntándome qué tal era mi trabajo, si me gustaba, qué hacía, etc. Las niñas aprovecharon para preguntarme qué debían ponerse en según qué situaciones, y el chico, Héctor, aprovechó para comerse mi escote con la mirada. Como veis, todo era muy agradable excepto Héctor, que se empeñó más tarde en llevarme a casa. Después de tres negativas – me dieron ganas de emular al anuncio y decir: “qué parte del No no entendés”- y la sonrisa picarona de mi clienta, dije que sí. Lo bueno es que me conseguí una clienta nueva -la amiga de mi clienta y madre de Héctor- que vendrá mañana a verme.

Por suerte, al ser sábado, la ciudad no estaba demasiado llena de coches así que llegamos a mi casa en unos veinte minutos. Durante el trayecto Héctor, que parece que le encanta escuchar su propia voz, me contó que era auditor en una empresa bastante conocida en Madrid y que había venido a la ciudad solo este fin de semana a ver a sus padres. Es soltero, juega a pádel, tiene fundas en los dientes y ha iniciado una cruzada en contra del tabaco. Cuando llegó a ese punto directamente desconecté y los siguientes diez minutos que pasamos en el coche me dediqué a observar cómo iba vestida la gente que nos íbamos cruzando. Iba diciendo que sí cuando cogía aire para seguir hablando.

Al dejarme en casa me comentó que no tenía ningún plan esa noche y que si me apetecía ir a cenar o a tomar algo. Desgraciadamente, le dije, tenía un cumpleaños así que lo sentía mucho pero tendría que dejarlo para otro fin de semana, pero que muchas gracias. Nos despedimos con dos besos y se fue.

Por la noche, con el pijama más suave que tengo puesto y tomándome de postre un crêppe de chocolate mientras veía Enturage, pensé dos cosas:

1. No me extraña que Héctor esté soltero, porque era capaz de ponerme de los nervios en menos de diez minutos y parece de esas personas que lo que más le pone es escucharse a sí mismos.

2. Tampoco estoy tan desesperada. Quiero decir, si realmente estuviera desesperada de verdad el sábado, en vez de quedarme tranquilamente y calentita en casa por la noche, hubiera ido con él a tomarme una copa. Pero realmente preferí estar sola que mal acompañada, así que veo que mi soltería no cae sobre mí como una losa, sino que más bien es una pequeña molestia.

¿Estaré haciéndome adulta?