Estos dos últimos días he estado un poco pachuchilla con un pseudo-gripazo que viene con el sol y se ha ido con la lluvia. Hoy por fin no he tenido fiebre así que me he venido a trabajar, claro que con un chubasquero y la nariz roja y pelada por los kleenex.

Martes y miércoles los he dedicado a ver películas, series que tenía atrasadas pero que ya se han “pausado” por la huelga de guionistas, limpiar la casa cuando la fiebre me ha dado tregua y cocinar.

He descubierto que cocinar me relaja. Me relaja muchísimo y además me lo paso fenomenal. Supongo que se debe a que siempre me ha gustado trabajar con las manos, hacer manualidades, etc, pero nunca he encontrado ninguna manualidad que realmente me guste como para ser algo que me dure durante más de un mes.

Le voy a dar una oportunidad a la cocina. ¿Por qué? Porque durante dos días he llenado el congelador -que no es muy grande- y he tenido que llamar a mi hermano para que venga a llevarse dos pasteles que he hecho y que no quiero tener a mi alcance, que se acerca el verano. Y me lo he pasado genial. Incluso teniendo fiebre he estado ahí dale que te dale con las ollas y las sartenes en vez de estar en la cama, que es lo que tendría que haber hecho.

Así que he pensado que me voy a apuntar a clases de cocina. Sé que en mi ciudad hay un restaurante creativo bastante caro donde imparten clases de cocina pero solo de postres, y eso no sé yo si me interesa, así que voy a tener que buscar por ahí. Creo que puede ser bastante interesante aprender a cocinar y de paso tener así un as en la manga cada vez que tenga que invitar a alguien a cenar a casa.

Por lo demás, la incorporación hoy al trabajo puede ser interesante. Dentro de un rato tengo una entrevista con la RR.PP y el director de personal de una peluquería muy “in”. Quiero ofrecerle un servicio “premium” para sus mejores clientes. Si sale os lo comento. Cruzad los dedos.