Yo no sé por qué me empeño en creer que aparecerá mi príncipe azul en cuanto gire la esquina o me vaya a pedir una copa en un bar, como en las pelis. Si hiciera caso a Sex and The City, conseguir un hombre aunque sea para tomar una copa sería lo más fácil del mundo. Eso sí, conseguir un hombre que sea un mínimo interesante sí que es jodido.

El viernes por la noche fue tranquilo ya que vino Johan con Cris, la peque, a cenar a casa. Mi abanico culinario es bastante limitado pero hace años una amiga peruana me enseñó a hacer el arroz como lo hacen ahí, que queda suelto y riquísimo hasta el día siguiente, así que no me compliqué demasiado. La cena estuvo bien, riéndonos con la niña y hablando del cole y de sus amigos, y cuando por fin se fue al sofá a ver una peli para acabar quedándose dormida, ya pudimos hablar mi hermano y yo tranquilamente.

Últimamente no le veo demasiado contento con mi cuñada. Por lo que me contó las cosas no van demasiado bien. No me extraña. Nunca he entendido qué hace Johan casado con esa arpía, pero nunca le dije nada puesto que no es asunto mío. Ya le comenté que lo apoyaré en lo que decida, pero que si tiene que tomar una decisión dura, que por favor luche por la niña.

El sábado en cambio salí con Mariona y las demás niñas, un grupito de seis que hemos ido formando desde el colegio hasta el trabajo pasando por la universidad. Primero fuimos a cenar a un sitio tiradillo porque todas somos unas caprichosas y a mediados de mes ya nos hemos fundido media tarjeta. Después nos movimos hasta un bar que me encanta, muy tranquilo y que sirven unos cocktails buenísimos, sobretodo los Appletinis.

Un appletini tras otro y el bar se empezó a llenar. En ese momento Mariona empezó a hacer un scáner del local para buscar posibles pretendientes o ganado, como lo llama ella. La verdad es que el panorama inicial no fue muy alentador: los pocos hombres que habían, o eran mucho mayores o estaban acompañados.

Pero lo peor no era eso, sino el nudo que tenía en el estómago. Realmente creía que el sábado podría haber conocido a un hombre que se mostrara encantador conmigo, me invitara a una copa, me llevara a pasear por algún lugar bonito de la ciudad y que más tarde me llevaría a casa, solo pidiéndome el número de teléfono para llamarme el domingo e invitarme a tomar un café para conocernos mejor. Sí, así de infantil y estúpida estaba yo el sábado.

A medida que iban pasando los minutos y los appletinis me iba dando cuenta de que salir con la intención desesperada de conocer a alguien era lo peor que podía hacer, así que poco a poco me iba chafando. Por fin, hora y media después y con 30€ gastados en cocktails, me fui dando tumbos a mi casa en taxi.

Y aquí estoy. En lunes, 60€ más pobre, desilusionada y solterísima. ¿Dónde se esconderán los príncipes azules?